El local está casi vacío a esa hora de la mañana. La luz entra oblicua por las ventanas empañadas, dibujando franjas de polvo en el aire quieto. ELENA, 34, periodista de porte cansado pero ojos alertas, sostiene un café que ya no humea.
Un hombre entra: MARCOS, 38, arquitecto. Lleva planos bajo el brazo. Busca mesa. Sus ojos se cruzan con los de Elena un instante demasiado largo para ser casualidad.
MARCOS
(disculpándose)
¿Está ocupado? Todas las otras mesas... señala los planos
ELENA
Solo el fantasma de mis esperanzas.
Marcos no sabe si reír. Se sienta frente a ella con cautela, como quien ocupa territorio ajeno.
MARCOS
Marcos.
pausa
Por si acaso necesitas un nombre para el exorcismo.
Elena lo mira por encima del borde de su taza. Algo en ella decide que hoy, excepcionalmente, puede permitirse una sonrisa.
ELENA
Elena. Y no necesito exorcistas. Solo más café.
Marcos llama al camarero. La luz cambia. El polvo en el aire parece detenerse.
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